YO NO TENGO COVID

 La ciudad lucía regia, repleta de almas con sus calles vacías. Gente mira por las ventanas.  Añoran el retorno a los lugares y momentos que adornan sus memorias colectivas. Esas en las que vuelcan y confunden sus emociones, sus sentimientos.  No hay nadie en la calle.  Pero la ciudad está repleta.


Se detiene a comprar goma de mascar, de menta.  El hedor de su aliento dentro de la mascarilla ya es insostenible. El clima fresco del invierno caribeño ya no le hace sudar dentro de ese calzoncillo que lleva en la cara. Pero el aliento es otra cosa.  Es imposible que transcurran tantas horas respirando tu propio aire.


Dentro del colmado todos visten con ropa de estar en la casa.  Más no les parece extraño su atuendo completo.  Ahora, tan solo las enfermeras, médicos y policías visten con ropa de trabajo.  El resto solo espera.  Sin embargo él con sus botas, y su camisa entallada, y sus pantalones de trabajo, evidentemente no andaba cómodo. 


Los presentes avanzaban a escabullirse entre las góndolas, no sin antes echarle un buen vistazo o intentar sacarle una foto.  Él no lo evitaba.  Más bien escondía una sonrisa detrás del barbijo. Igual sus ojos se refugiaban detrás de un par de gafas reflectivas.  Su atuendo le valió para entrar y salir rápidamente con una caja de chicles en mano.


Se desacomodó el accesorio lo suficiente para  poner uno en su boca. Rápidamente lo reubicó, siguendo la repetida solicitud de cubrirse los orificios gasófilos faciales. Esos mismos que nos regaló la evolución allá cuando podíamos respirar todos el mismo aire.


Una o dos cuadras adelante, una joven enflaquecida por haber sobrevivido la primera infección se le acercó. Sus hombros apenas podían sostener los manguillos de su camisa. Su pelo desaliñado mostraba lo que fueron destellos que en algún momento pudo cuidar. Su piel grisácea componía el perfil inequívocamente.


No estaba triste. Sonreía, pero él no se daba cuenta. Extendió su mano y en ella tenía una foto. Él se reconoció inmediatamente. Llevaba su uniforme pre-pandemia. El que tuvo que quemar para apaciguar los reclamos de que el spandex esparcía la infección. Abrazaba a una esbelta chica. Posaban alegremente, sin pudor.


En la foto pudo constatar los mismos destellos que ahora tenía de frente. Entonces se percató del propósito de aquella muchacha. La miró fijamente y le preguntó su nombre al que le encaramó un "Con cariño para:" y su garabato de autógrafo debajo.


Devolvió la foto y le regaló un breve apretón en el hombro. Ella contestó: "Yo no tengo COVID". Pero él no apetecía la compañía que entendió que ella ofrecía.  Se marchó del lugar con un leve brinco que lo elevó por encima de la copa de los árboles.


Quería continuar la patrulla de la tarde. A medida que transcurría entre edificios y calles, se sentía vencido. Aquella urbe ya no le necesitaba. Le entristecía ser testigo del triunfo de ese enemigo invisible.


En un principio su particular constitución lo hacía inmune a esa infección. Podía tomar del mismo vaso de un infectado, y no se enfermaba. Por eso no temía el contacto con las personas enfermas.


Sin embargo, un día luego de varios meses de pandemia sintió algo inusual, un cansancio muy profundo y una resequedad en la garganta irreconocibles. Consultó con un amigo médico quien le respondió que todo el mundo se enferma, todo el mundo se cansa, hasta él mismo.


Muchas veces pensó en recogerse también. Dejar atrás sus maromas y simplemente guardarse en casa. Cuidar de su familia. Esperar que pase todo y verificar qué nivel de normalidad se reanuda.


Entonces escuchó como tres cuadras adelante una mujer sollozaba. Cuando la alcanzó, apenas suspiraba unas palabras mientras se erigía como estatua mecánica ante el cuerpo inerte de un hombre tendido sobre una silla de patio.  Como un estribillo su aliento pregonaba suavemente "Yo no tengo COVID", mientras intentaba agarrarlo por la solapa de la chaqueta deportiva.


Él rechazó el gesto con un ademán e hincó una rodilla al lado del hombre. Pero ya estaba muerto y apestaba. Al preguntarle a la mujer si era su marido, ella no cesaba de repetir la idéntica frase.  Agarró a la mujer en sus brazos luego de ubicarle un tapabocas y le informó que pretendía llevarla a un dispensario. Ella se aferró a su cuello mientras él transitaba sin impedimentos, como si su pasajera fuera liviana como una pluma. Murmuraba las mismas palabras.


A medida que se aproximaba escuchaba un bramido ensordecedor. Una emboscada de ruido que modulaba en cuatro pulsos distintos pero aún indiferenciables. No ensordecía pero perturbaba su progreso. Tanto era que dejó de escuchar el lamento de la mujer.


Inseguro de continuar, puso a la mujer pie en el piso. Entonces la pudo mirar por primera vez. Su rostro parecía como una escultura en ceniza. Ella instintivamente huyó pero él la agarró por la mano. Le echó su brazo por encima del hombro y caminaron juntos a un ritmo más natural.


A medida que se acercaba a la pequeña sala médica, los pulsos se iban organizando. Ella trataba de zafarse de su descomunal abrazo, pero él la consolaba asegurándole que estaba en shock y necesitaba que la examinaran.  Ella no podía resistir aquella marcha que cada vez se coordinaba más con los cuatro pulsos que hasta ella ya percibía. Sentía miedo. Pero estaba resignada a llegar hasta el destino fútil que él le había trazado.


A una cuadra de la sala médica ya escuchaba claramente el parloteo incesante. "Yo no tengo COVID". Repetían las voces unas callando paulatinamente, y otras incorporándose.


Al llegar a la sala las enfermeras corrían de lado a lado con indumentaria de alto riesgo como si manejaran plutonio. Se acercó a una mesa en la que se encontraba un retén estoico, maduro, y ligeramente sobrepeso.  El retén levantó la mano derecha, y él entiendo que pidió que guardara silencio.  Entonces se percató que la mujer ya había disminuido el ritmo al que repetía la frase.  Cuando pidió ayuda para la mujer, el retén entonces apuntó a una carpa con sillas.


Entonces la llevó y la sentó en alguna silla disponible. Detuvo a una de las enfermeras y preguntó cuándo examinarían a su pasajera. Ella sostuvo que pronto pasaría un médico. Pero que ya la mujer estaba activamente infectada y que no había mucho más qué hacer. O moría o sobrevivía.  Cuando disminuían el ritmo de repetición estaban próximos a terminar la infección.  Con toda probabilidad sobreviviría si no había colapsado por la carga que la repetición le impone al tracto respiratorio.


Justo al lado suyo un niño agarraba su garganta, mientras repetía la frase.  Una mujer lo consolaba llorosa.  Al otro lado del niño el padre miraba a lo lejos, inmóvil. Los ojos hundidos, húmedos, la piel emblanquecida le recordaban a la pasajera cuando por fin la miró.  El hombre movía los labios rápidamente, respiraba en sorbos progresiva e infinitamente más efímeros.  Colapsó al par de minutos, sin cerrar los ojos murió.


Entonces la enfermera lo agarró por el antebrazo y lo sentó en un pupitre improvisado como silla para tomar muestras. Sin preguntarle nada, la enfermera llenó un formulario y le pidió que consintiera a una muestra de sangre y de mucosa. Pasmado, accedió y se incorporó de la silla cuando al fin sus vellos intranasales permitieron tomar la muestra. Sangre no le pidieron sacar.


Entonces empezó a ayudar a las enfermeras. Informó al antipático retén sobre el cuerpo del hombre en el patio de la casa dónde recogió a su pasajera. Y recogía a los que se desplomaban bajo la carpa, mientras consolaba a los sobrevivientes.


Unas horas más tarde se acercó la misma enfermera que tomó la muestra. Acompañaba a su pasajera a depositar el cuerpo de su acompañante en el camión frigorífico que servía de morgue improvisada. La enfermera le entregó un papel que decía DETECTED.   Él negó con la cabeza. Era imposible, era inmune. La enfermera señaló nuevamente el papel, mientras increpó en una voz enclaustrada por el uniforme de astronauta que llevaba puesto: "¡Aparentemente, no!". "Necesitamos que te saques sangre."


La enfermera ya había desistido de intentarlo. Él entonces contestó resignado, "necesito oro". La pasajera desabotonó su camisa y extrajo una cruz dorada. Entonces el confeccionó un rudimentario cautín con un cable eléctrico y pudo abrir una herida  suficiente como para que la enfermera metiera una aguja. Extrajo sangre unos breves segundos antes que colapsara su piel dejando la aguja dentro del brazo.  Él tuvo que sacarla, la parte que quedó atrapada en su brazo estaba totalmente aplanada. El rechinar del metal contra su piel momentáneamente acalló el lamento incesante de "Yo no tengo COVID". La operación siempre causaba mucho dolor, que se disipaba en instantes.


Entonces llevaron la muestra bajo estrictas medidas de seguridad a otro laboratorio. Mientras, varias enfermeras le imploraban que les regalara la aguja. Finalmente la conservó la misma que había pedido la muestra.  


 La pasajera protegía celosamente la cruz que había prestado. El retén coordinó que una patrulla la llevara a su casa luego de que las enfermeras y el cuerpo médico la declararan sobreviviente.  La mujer ya no repetía, pero se mantenía callada.


Él hablaba con otra enfermera frente al área que recibía pacientes nuevos. Ya habían pasado varias horas y era de madrugada.  Aún no amanecía cuando llegó un grupo de vehículos al pequeño hospital. De uno de ellos se bajó un hombre maduro, con una camisa de cuello y una corbata visible a través del plástico del casco en el uniforme. Pese a su impecable estado, era obvio que el hombre llevaba varias horas sin dormir. Venía acompañado de varios oficiales armados. El hombre le pidió que lo acompañara y fueron dirigidos hacia una oficina, por un pasillo que ubicaba en la parte trasera de la sala de espera. Entonces se percató que en todo el día no había entrado por la puerta.


El abrumador ruido enrarecía el aire y lo calentaba. El hombre caminaba ansioso, a tientas, como anticipando que puerta lo dirigía a la oficina. Cuando al fin llegaron, abrió la puerta y entraron solos. Todos los acompañantes esperaron afuera.


El hombre le preguntó sobre su historial de viajes, contactos familiares, actividades multitudinarias. Pero él lo único que hacía era patrullar la ciudad. Detener uno que otro criminal, llevar gente al hospital, y comprar goma de mascar para combatir el aliento dentro de su mascarilla.  Esa era la rutina que se repitió casi al dedillo durante el último año.


El hombre sonrió con simpatía. Entonces le entregó un papel tapizado de códigos e impresiones diagnósticas. Y explicó:

 "La columna izquierda representa una mutación del virus que solamente hemos encontrado en usted. Está activo, combatiendo esa infección. Aún siendo usted es un milagro. Cualquiera otra persona habría muerto ya. La de la columna derecha es la más reciente mutación del virus, varía solo levemente con respecto a la de la izquierda. Lo suficiente como para infectarnos a los demás. Es usted el paciente cero de esta variante que infecta a estas personas. Esto es lo que pasa cuando a las personas como usted se infectan con COVID.”


No lo podía creer. Miraba al hombre, primero incrédulo, luego defensivo, y al final resignado.  Entonces recordó su iniciativa, su lema cada día antes de salir a hacer sus rondas voluntarias.


“Yo no tengo COVID.”



De Mako

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